De lo más sublime que puede percibir una limitada mente, en un intento por desenmarañar el tormentoso ir y venir interno.
Marcos Hugo
Transfloración de un ave
Tu vuelo, ave imperceptible, agitado y eterno,
guiado sólo por la intuición celestial,
vislumbra, a lo lejos, un riachuelo y manantial
cuyos rebozos invernales revisten un desolado infierno.
¡Oh Ave! En tu desventura experimentaste el dolor.
Se te escaparon mil y un lamentos,
mas renaciste una y otra vez de tus sufrimientos
y permaneciste recia, con un tono blanco de color.
Hoy otras aves buscan tu amable consejo,
aves primerizas cuyo agitado y eterno vuelo
termina por desmembrar sus débiles alas en otoño.
Por tu lado, no se pronuncia ni un mínimo dejo,
rompes hasta el más ferruginoso hielo
y encaeces así a tus más nobles retoños.
Mira en qué momento aparecer
has decidido:
de la copiosa lluvia has surgido,
gavilando, tierna, al amanecer
sin odio ni miedo, sin desfallecer!
Cuando el desierto ya tal no era,
abrigaste en tu figura alada
cual primavera
en invierno dócile, sosegada
al más amargo, impío recuerdo.
Dichosa regresarías al cielo,
buscando, sí, protección y consuelo,
anhelando algún día tu suelo.
Graciosa volarías por las alturas,
bordeando nubosas espesuras,
trayendo paz a bardosas llanuras.
se pierde en vientos y lejanías,
débil, moribundo de lozanía,
ningún eco ya jamás engendrará.
En la espesura de arrabales,
imperceptible será él, tu canto.
Rasgadas manos brotarán al paso,
desde celadas cuevas del espanto,
descargándole más de un zarpazo.
Mira, ave, tu melodioso canto
como escurre entre pastizales,
como se disuelve en los rosales
y deslíe aquel umbroso manto.
malos caminos tomaste,
errante en luz sombría,
penante, alma baldía,
en la ruina te hallaste.
Estertor imperceptible
dejaste ver en tu penar,
moribunda en tu nido
por anhelados latidos,
querías al cielo volar.
En tu camino, volabas pensante,
a veces, vehemente, delirante,
animosamente recalcitrante,
olvidando reparos de galante.
Presa fuiste de vagas ilusiones,
avivada con falsas devociones.
Afloraron en ti ruinas bicolores:
blancas de pena y melancolía,
rojas de coléricas abadías,
acopiadas
ciegamente en ti, alma baldía.
Mas renaciste, tierna y gozosa,
repleta de tan nuevas energías,
que esas ya viejas melancolías
no pudieron más desplumar tus rosas.
De la espesa tiniebla invernal,
apareciste radiante, cálida,
tiñendo de blanco, no escuálida,
a ese tu arco iris ya vernal.
Tú ave, en lo íntimo, ya sabes
que hoy tormentos aquellos te harán
prever bellos y velados celajes.
Aires límpidos por ti aguardarán,
bañando siempre esos arrabales
que un día tu canto extrañarán.
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