Transfloración de un amor imaginado
(Empiezo)
Enraizados pensamientos de amor incólume
Se debilitan con el aterciopelado arenal
Que se ondea con la brisa de primavera.
Dos siluetas rozan el horizonte marino
De vívidos sueños lejos de casa
Y una melodiosa mezcla de canto
Y naturaleza baña la calidez del día
Con encanto único.
La larga y fatídica espera llega
Al fin a un incierto destino:
Se derrumban años de búsqueda
Como si fuesen granos de arena
Que caen incólumes, presas
De imperceptibles soplidos
Desde la cumbre de artificiales
Socavones arenales.
A lo lejos, una borrosa silueta
Aparece tranquila, casi inmóvil,
Acompañada sólo por el mar
Y vaivenes, iluminada
Hasta sus huesos de acero
Por escuálidos rayos luminosos.
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Esos pensamientos ya no eran
Más que trayectorias palomeras
Que marcaban una época
En que el hombre
Aún en su edén vivía.
Una vez más espejismos irrisorios
Acechaban la tranquila ingenuidad,
Llenos de deseo e impulsivos
Como nunca antes.
Eran espejismos que proyectaban
Hermosas imágenes
De mujer y belleza.
Ella despertaba ternura y deseo
A la vez. Y un fino hilo de cordura
Guiaba y separaba lo real
De lo imposible.
Era una imagen bipolar
Que encerraba dos lejanos planos:
Uno lleno de dolor y vivencias imaginadas;
El otro, sólo de angélica sonrisa.
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(Caigo)
Al cielo grito con el pensamiento
Y no recibo respuesta alguna,
Lloro en la tierra mi sufrimiento
Y sólo muerdo piedras de la luna.
Pisoteo el cielo en esta mi locura,
Pateo nubes, ángeles y rayos,
Blasfemia que por muchos años
En mí no ha encontrado cura.
Respiro en el agua con grandeza,
Corro por el magma de sus venas,
Vuelvo al aire sin delicadeza
Y me cobijo en estrelladas cuevas,
En busca de la huella
De su fragancia, de ella.
Empiezo,
Caigo,
Sigo
Y me detengo
Como una roca,
Afilada y puntiaguda,
Al borde
De un precipicio
Cuyos mágicos brazos
Me invitan
A caer,
Otra vez.
Otra vez no!
Pedería su rastro.
Enloquecerían
Hasta mis dedos
Y no podría
Acariciarla.
Vuelo,
Me detengo:
De reojo,
Una montaña
Nevada hasta sus raíces,
Llovida hasta el macetero.
De ella,
Brota una luz
Que se marchita
Con la mirada inocente
De la cien de un hada.
*******
Avanzo en el sendero,
Tropiezo con la montaña
Y un curvo horizonte
Aparece de la nada,
Señalando al norte
Y percibo a mi amada.
Viste un rubio sombrero
Con jazmines que enlazan
Su cabello de terciopelo.
Esa montaña, ya monte,
A lo lejos me saluda
Y aguarda mi regreso.
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(Sigo)
La veo por vez tercera,
Empujada por el tiempo,
Cae tenue en mis brazos
Con el final del amor-destierro.
De amor el destierro mío
Que quemaba mis venas,
Sutilmente apagado
Sólo con un día verla.
Lunas de plata que miran
Atentas a mis palabras
E irradian bella dulzura
Que prende mi triste alma.
La noche ya es mi día,
Mi día ya es mi cielo,
Ya no hay más amargura,
Ya no espía más el miedo.
Cuento el tiempo otra vez,
En la noche las estrellas,
Cuento los días del reloj
Para nuevamente verla.
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(Canto)
Diosa luna, mira en mis ojos
Que le aparecen estrellas
Blancas, azuladas y violetas
Cual reflejo del sol en la tierra.
Mira mi pecho ya entreabierto,
De él un corazón se asoma
Coronado con roja sangre
Que ahora es de otra diosa.
Mira en sus ojos, te lo pido
Que sin su amor vivir no puedo
Y dime si están estrellados
Como los míos en su dulce sueño.
Susúrrale al oído, te lo pido
Que por las noches ya no duermo,
Que en ella pienso en el trasnoche,
Que por ella florece mi cielo,
Que imagino sentir cada instante
De su boca el dulce aliento;
Que de ella me he enamorado
Como un loco sin saberlo.
Diosa Luna, del olvido en sepelio
la desesperación me sonríe,
Cantando en un pasado imaginado
Donde, incólume, mi amor vive.
*******
(Me detengo)
Cuando en vaga ilusión
Con la vista agitada
En jardín de sombras
De ella la luz buscabas,
Avanzaste sin rumbo,
Ya perdida la mirada,
De pena orlados versos
Al aire se te alzaban.
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(Muero)
Abrigadora sombra de amor
Por la mañana,
De noche rumorosa brisa
Mi piel desgarras.
Cuando me veo inerme
En su mirada,
Feroz y punzante tu mano
Se abalanza,
Cual eterna, viva endecha
En fiel morada,
Que sobre lamentos alegre
Siempre cantaba.
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Enterrado en desolada tierra,
Vislumbro una aurora soleada
De cuyos angelicales colores
Manos serenan mi agitada alma:
Cuatro manos que en fatal destierro
Testigos de un sol que la luz amaga,
apostaron en mí cálido puente
que a mi vida sí ha de celarla.
“Lejano, triste sol de donde vienes”,
de una mano desnuda emana,
de otra gimiente de puntas rosa,
“¿Es amor el tuyo, el que se calla?”
Veo mi cuerpo ya no enterrado,
Y de su interior saco la nada,
Soterráneas nubes de primavera,
Cual pureza de flor lozana
Que del ave desanda el paso,
Riegan viejas semillas maltratadas
De infértil amor imaginado
Cuando mi alma apunta’l mañana.