Una vez escuché que los artistas en general experimentan estados emocionales extremos a lo largo del día. Uno de esos estados que me llamó mucho la atención fue que los momentos creativos estaban marcados por una fuerte tendencia a querer escapar de uno mismo, experimentando confusión; ya no se sabe si la emoción es sentimiento o viceversa. Sólo existe un profundo deseo de sobrevivir a través de algo material y plasmar en él la agonía del momento. Se puede subentender que el artista es un individuo que vive sumido en estados negativos –según los eruditos- del ser. Sin embargo, la impulsividad por crear e inmortalizar dichos estados no es del todo negativa. La sensibilidad extrema que se posee ante las situaciones cotidianas hacen del artista una “antena receptora de todo tipo de energía” que canaliza esta última dependiendo de la potencia de lo experimentado. Sumado a esto último, están los rasgos intrínsecos de cada artista, los cuales varían enormemente de acuerdo a su entorno, ya sea social, familiar, etc.
El artista tiene la habilidad de sumirse en cualquier estado emocional y, desde ahí, proyectar su creación. Vive en un eterno ir y venir interno, su interior se vuelve un infierno en el que cada demonio trata de asomarse a la superficie. Estos procesos lo mantienen en un estado de constante alerta y cualquier cosa o situación–que para la mayoría no pasan de ser nimiedades- actúa como estímulo. Se desata, entonces, la batalla por hacer trascender lo percibido y los observadores los tildan de “locos” o eufemísticamente “excéntricos”. Su infierno interior y la fiebre que éste les provoca los hace vivir constantemente al borde de la depresión.